sábado, 16 de mayo de 2015

CON LOS PIES EN LA TIERRA

FUENTE: DIARIO PAGINA 12 / LAS 12
VIERNES 15 DE MAYO DE 2015
POR NOEMI CIOLLARO
ENTREVISTA

 Sandra Rodríguez es una de esas mujeres a las que de pronto un golpe artero, un hecho cruel, les cambia la vida. Ella era feliz, tenía un compañero al que amaba “ideológicamente” y dos hijas que criaban juntxs. El era Carlos Fuentealba, maestro asesinado por la espalda por el policía Darío Poblete, durante una protesta gremial brutalmente reprimida, el 4 de abril de 2007 en Neuquén. Ocho años después, Sandra sigue reclamando justicia y castigo a los responsables del crimen, al tiempo que comparte la historia de su lucha.

Al principio Sandra se rebeló, lloró, gritó, sintió que no iba a poder seguir adelante con sus dos hijas, se encerró, dejó la enseñanza y buscó fuerzas en su interior y en los principios e ideales que había compartido con su marido, buscó el camino a seguir.

Su militancia y las compañeras y compañeros de los gremios de ATEN (Asociación de Trabajadores Docentes de Neuquén) y Ctera (Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina) la rodearon y sostuvieron.

No la dejaron sola, pero el dolor y la impotencia eran enormes.

Sandra podría haber aceptado la muerte de Carlos resignadamente, abroquelarse en su dolor y dedicarse a criar a las niñas, seguir con su trabajo docente y “rehacer” –como dicen quienes miran de afuera– su vida.

Sin embargo eligió otro camino, el de la lucha por la verdad. Lleva ocho años en ese camino, sinuoso, jalonado de trampas, mentiras, simulacros y evasivas de una Justicia esquiva y un poder político que maniobra, elude responsabilidades y justifica el asesinato. A pesar de todo, la cara vital y sonriente del maestro Fuentealba flamea en banderas alzadas en cientos de marchas en todo el país, y el reclamo de juicio y castigo a los culpables no cesa.

Sandra dialogó con Las12 y lo primero que destacó fue que un par de días antes, el Tribunal de Impugnación del Poder Judicial de Neuquén revocó el sobreseimiento de los 15 policías imputados en la Causa Fuentealba II, que investiga las responsabilidades políticas y policiales en el crimen. “Esta es una nueva batalla que ganamos junto a ATEN y Ctera, han pasado ocho años; pensar que el 4 de abril de 2007 mi hija Ariadna estaba por cumplir 10 y Camila, la mayor, tenía 14, ahora tienen 18 y 23”, apunta.

Y vos Sandra, ¿cuántos años tenías? –Yo tenía 40 cuando pasó todo esto que fue el momento más difícil de mi vida, nos atravesó a las tres por completo, es una historia aparte la de nosotras tres sin él. El de Carlos y yo fue un amor ideológico, una vez escribí un texto que se llamaba “Una pareja compatiblemente ideológica”; creo que los que nos hemos formado en algún tipo de militancia de las viejas épocas, yo lo hice en los ’80, estábamos embriagados por la democracia, era todo una euforia enorme. Cuando nos conocimos él militaba en el sindicato de la Uocra (Unión Obreros de la Construcción de la República Argentina), y yo en ATEN. Me recibí de maestra en Vicente López, en Buenos Aires, y me fui a vivir a Neuquén con una compañera, queríamos ser docentes del sur, llenas de sueños. Y bueno, en aquel momento Carlos y yo pertenecíamos al viejo partido MAS (Movimiento al Socialismo) que, valga la salvedad, no tenía nada que ver con el actual. Allí nos conocimos, y cuando el MAS se rompe en el ’91, los dos nos vamos del partido muy decepcionados.
Nuestro amor se construyó así, discutiendo marxismo y trotskismo. Lo que me gustó de él es que era muy concreto, ponía el cuerpo. Sí, lo puso hasta el final, aun cuando no estaba del todo de acuerdo con hacer un corte de ruta en ese lugar, y efectivamente les hicieron una encerrona, pero acató la decisión de la mayoría. Si algo destaqué en los casi 18 años que vivimos juntos fue su coherencia entre lo que pensaba y lo que hacía.

Era muy sencillo en pensamientos muy profundos, muy políticos, que yo a veces no llegaba a entender del todo.

Carlos se recibió de maestro con casi 40 años...

–Sí, a los 38, venía de una familia campesina.

Su papá era peón, chofer en una estancia, él le decía “la estancia de los gringos”. Cuando de pronto se fue a estudiar desde Junín de los Andes, en la cordillera, a Neuquén; fue un traspaso del chico de frontera, becado, de escuela salesiana, que llegó a la ciudad a un internado donde se sentía muy solo. Yo lo conocí así, era un solitario, le costaba compartir, pero un día nos encontramos en un pub que ya no existe, La Tasca, donde íbamos jóvenes a los que en esa época nos llamaban “psicobolches” y “hippies”, qué sé yo... y como él era muchacho de campo decía que las hippies no le gustaban. Entró allí con un compañero, y yo me había encontrado con una amiga que estaba en crisis, recién separada, y él nos preguntó si podían sentarse con nosotras. Cuando entró no lo vi con los mismos ojos con que lo miraba estando en el partido, estaba lindo, brillaba. Y después pude saber que ese brillo tenía algo muy profundo, compartimos muchos años de una vida muy plena. Eramos militantes de la vida, que significa que vas a pelear por los derechos, desde donde sea que estés. Antes él estaba en su sindicato, trabajó en la juguera donde empacaban fruta, y tanto en el barrio como en la fábrica organizaba, reclamaba, tenía una formación sindical muy fuerte, eso del campesino, peón, que pasaba a ser obrero de la construcción.

Yo soy maestra y profesora de Bellas Artes en el nivel superior, que fue algo que estudié en Neuquén.

La militancia como salvavidas De 2007 a hoy pasaste por muchas etapas, ¿cómo llegaste a este presente de lucha? –Hubo un punto en el que no quería te- ner contacto con la vida, ni tampoco estar mucho con los pies en la tierra. Tal vez porque, muchas veces lo dije, no quería estar. Hoy quiero estar, por mí, por mis hijas, por los que me quieren, por los que quiero, empecé a reconstruir vínculos y principalmente creo que estoy empezando a recuperarme. Creo que está empezando a cerrar el duelo, porque volví a trabajar después de ocho años, había dejado de trabajar en la educación pública. Milité, milité, milité.

Me refugié en la casa, hacía una vida muy expuesta públicamente y muy solitaria en el interior de mi casa. Y esto empezó a cambiar.

¿Qué fue lo que te ayudó a salir de ese estado? –No me voy a cansar de repetirlo, a mí me ayudó mucho Stella Maldonado (secretaria general de Ctera fallecida el pasado 13 de octubre). Ella me ayudó a construir ese lugar interior que ayudaba tanto a Carlos... Ctera era para nosotros algo lejano, ajeno, pero un amigo de Carlos se acercó después de que lo mataron y me dijo: “Yo sé que estás muy mal, pero es una causa muy difícil y tenés que saber elegir muy bien un abogado y cómo hacer las cosas, dejá que te ayuden”. Y fue así como de pronto se presentó Stella en Neuquén y junto a ellos emprendimos la lucha que hoy seguimos llevando adelante. Ella llegó, se plantó ante mí y me dijo: “Sé por lo que estás pasando, a mí me mataron a mi compañero cuando tenía una hija de nueve meses, hay que aprender a vivir y a luchar de nuevo, contá conmigo”. Son esas cosas que pasan sólo entre mujeres, es así, me despertó algo, me dio una razón para seguir.

Y a partir de allí, con su apoyo y el de los compañeros fuimos encausando la lucha, también con el CELS y tantos otros que se acercaron y lograron que de a poco yo recuperara las ganas de vivir, para luchar, para seguir.

Tus hijas ¿cómo están? –Camila está en tercer año del profesorado de Educación Física, obstinadamente seguimos apostando a la educación nosotras, y Ariadna empezó este año medicina en Cipolletti. Las dos viven conmigo, tienen una linda vida, nutrida. Este 4 de abril, por primera vez reímos las tres, no es fácil para nosotras reír un 4 de abril, hice una foto muy linda de las tres ese día. También pensé cuál va a ser el día que un 4 de abril me pueda quedar en casa a llorar a Carlos, y no tener que salir a pelear por justicia. Eso marca el tiempo, el paso y las ganas de que esto también se despeje. Lo que más rescato es que mis hijas han podido sobrevivir esta etapa de la adolescencia y yo también como mamá, no me imaginaba siendo una mamá sola. El año pasado, cuando parecía que la causa judicial finalmente se cerraba, hice un balance muy fuerte de cuáles habían sido mis logros como mujer, y con mis hijas, esa nueva familia que tuvimos que hacer con la ausencia-presencia de Carlos. Las tres tratando de seguir nuestra vidas íntegras y con el peso de lo que significa ser las hijas de Fuentealba, y yo su compañera.

¿Qué significa ese peso al que te referís? –Es ese peso social, estigmatizador, la mujer que decide luchar es pública y por ende puede sufrir cualquier tipo de crítica mediática. Ha habido mucha, mucha violencia mediática, mentiras, desprestigios.

Inclusive de sectores que no esperábamos.

De los que están incriminados en la causa una espera cualquier cosa, pero que ocurra con la gente que por ahí disiente con la forma en la que yo decidí pelear... Hay quienes sostienen que esa no es la forma en la que pensaba Carlos y la realidad es que Carlos no está acá y que ellos ahora lo hacen hablar a Carlos con una voz de cuando él tenía 18 años, y no con la del Carlos que conocí y disfruté a lo largo de toda nuestra vida juntos, yo no voy a hacerlo hablar... Hablo del nuevo MAS, o de sectores de izquierda que no aprueban la lucha que llevamos adelante.

¿Tienen apoyo de la familia de Carlos? –No, eso también fue y es muy difícil.

Carlos tenía dos hermanos militares, uno estaba con Seineldín y el otro fue comando en Panamá. Los padres me culparon por lo que pasó, como que yo lo arrastré, como si él hubiera sido un niño... De eso me acusaron en el hospital cuando acababa de morir Carlos. Esa es la primera condena, la que una sufre, es la culpa de la sobreviviente, y mi psicólogo dice que hasta hoy eso me ocurre.

También hubo disputa por el cuerpo de Carlos, él una vez jorobando había dicho que si se moría lo metiéramos en una caja de manzanas y lo cremáramos, esas conversaciones ridículas y risibles con las que se juega, ¿no? Como había trabajando con la fruta se le ocurrió lo del cajón de manzanas. Hasta hoy no hubo cremación, primero porque el cuerpo estaba resguardado judicialmente, y después porque yo todavía no junté fuerzas para eso. Y bueno, a los padres de él no los vemos, ellos le dieron personalmente el perdón por la muerte de Carlos al exgobernador de Neuquén Jorge Sobisch, en 2007, y eso para mí fue un corte tajante porque él fue el responsable político de su asesinato, el que ordenó la represión armada contra maestros indefensos. Y para mis hijas también fue terrible. Sólo está Ricardo, un hermano de Carlos que viene a las marchas. Y él el año pasado llevó a Camila a ver a su abuelo, que estaba internado, siete años después. Yo construí con ellos una historia con mucho esfuerzo, éramos muy distintos, había prejuicio, mi familia era muy diferente.

Sin embargo hice todo lo posible por llevar adelante una relación normal, a pesar de las diferencias de todo tipo, ideológicas y humanas.

Fuentealba I y II Un año después del crimen la Justicia neuquina, en lo que constituyó la causa Fuentealba I, condenó al policía Darío Poblete, autor del disparo de la granada lacrimógena que impactó en la cabeza del maestro, y provocó su muerte unas horas más tarde. La causa tiene 15 imputados más –por la brutal represión a los docentes– que en septiembre pasado resultaron sobreseídos, pero a fines de abril esos sobreseimientos fueron revocados, dando lugar al recurso que presentó la querella, y debiendo continuar la investigación acerca de las responsabilidades de los 15 policías. El que hasta ahora pudo evitar el juicio oral por tratarse de quien ordenó la represión, es el ex gobernador Sobisch, tema que está en la causa Fuentealba II aún pendiente de resolución.

La lucha continúa, ¿cómo sigue? –Sí, hasta el final, hasta que lleguemos a la justicia total como tiene que ser.

Nuestras historias con Carlos fueron toda una vida, un aprendizaje. Hoy agradezco haber tenido tantos años –aunque me hubiera gustado que fueran muchos más– con ese compañero que me enseñó un montón de cosas y con el que tuve una historia de amor plena que me llenó el alma. Y puedo decir que todo esto es la vida. Una no rehace la vida, una rearma con los pedacitos que quedaron, pero la armo desde el lugar al que llegué con Carlos, por eso a esta edad una sabe qué es un buen compañero, una buena persona, un futuro, qué son los ideales.

Una tiene mucha más firmeza.